El aumento de los divorcios tras el verano: una reflexión necesaria Por Isabel Medina, abogada y mediadora de familia

Cada septiembre, los juzgados de familia registran un repunte en las demandas de separación y divorcio. Se trata de un fenómeno que se repite año tras año y que refleja cómo las vacaciones estivales, lejos de ser siempre un tiempo de descanso y unión, pueden convertirse en un detonante para la ruptura de muchas parejas.

Durante el verano, la convivencia en pareja se intensifica. Los días largos, los viajes y la reducción de la rutina laboral hacen que los matrimonios compartan más tiempo del habitual. Lo que en principio debería ser un espacio para fortalecer vínculos, a menudo se transforma en un escenario donde afloran tensiones que el ritmo acelerado del resto del año había conseguido ocultar. En las consultas de mediación y derecho de familia es habitual escuchar frases como “en vacaciones me di cuenta de que ya no funcionamos” o “llevábamos tiempo mal, pero en verano todo se hizo evidente”.

Otro de los factores decisivos es la idealización de las vacaciones. Muchas parejas proyectan en ese periodo altas expectativas de felicidad, armonía y conexión emocional. Cuando esas expectativas no se cumplen, aparece la frustración. Las discusiones sobre el destino del viaje, la organización del tiempo o incluso la convivencia con la familia política generan un nivel de estrés añadido que puede hacer estallar conflictos latentes.

El verano, además, ofrece un espacio para reflexionar. Al disminuir las obligaciones cotidianas, las personas se detienen a pensar sobre su vida, sus relaciones y sus deseos de futuro. Septiembre, con su simbolismo de “nuevo comienzo”, actúa como catalizador para decisiones que quizá se venían postergando: igual que los niños regresan a la escuela y los adultos retoman la rutina laboral, muchas parejas deciden iniciar también una nueva etapa por separado.

No obstante, es importante subrayar que el verano no “crea” divorcios, sino que los visibiliza. Las dificultades suelen estar presentes mucho antes; lo que ocurre en vacaciones es que se hacen más evidentes al no poder esconderse tras la vorágine de la rutina diaria.

Como mediadora y abogada de familia, mi recomendación es dar un paso consciente. Antes de iniciar un proceso de separación conviene detenerse, analizar qué se quiere realmente y valorar todas las opciones. A veces, reservar espacios individuales dentro de la pareja o acudir a un proceso de mediación puede ayudar a aclarar caminos. Y si finalmente la ruptura es inevitable, será más fácil afrontarla de manera serena, responsable y con acuerdos que prioricen el bienestar de todas las personas implicadas.

Las vacaciones pueden convertirse en una oportunidad para revisar el proyecto de pareja y reforzarlo, pero también para reconocer honestamente cuándo ya no es posible sostenerlo. En cualquier caso, lo fundamental es que las decisiones se tomen desde la claridad y la madurez emocional, evitando que el dolor del momento se convierta en un obstáculo para construir un futuro más sano y equilibrado.

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